Carta del Productor – Diciembre 2025
- Kevin Jara
- Dec 14, 2025
- 4 min read
Damas y caballeros… it’s tiiiime (sí, referencia obligada a Mariah Carey, diciembre simplemente no empieza sin ella).
Llegamos al final del año y, como siempre, diciembre hace de las suyas. Tiene esta vibra extraña donde hasta el más duro se suaviza un poco. Ya saben… luces, frío, recuerdos, y uno que otro pensamiento existencial de esos que salen después de ver la primera posada o escuchar el tun tun tun de los villancicos en el súper. Y sí, como dijo nuestro no tan querido Mago de Oz: soy un hombre sentimental. Nunca lo he negado.
Siempre he creído que diciembre es el mes más mágico de todos. Pero este año, más que magia, me hizo pensar en algo que no quería aceptar: la gente cada vez sueña menos. Cada vez juega menos. Cada vez le cuesta más emocionarse por algo. Y lo digo con cariño, no como crítica.
Hace poco fui a ver un show con unos amigos. El cielo se encendía con fireworks, la música flotaba entre los árboles y todo tenía esta vibra mágica que solo los espectáculos al exterior pueden tener. Yo estaba ahí, dejándome envolver por la atmósfera… pero mis amigos estaban viendo una función completamente diferente.
Que si “ay, qué oso que nos pidan bailar”, que si “esa no canta nada” (ok, no era Adele, esa se las paso jeje), que si “la coreografía ni pareja quedó”.
Y mientras ellos hacían su propia crítica profesional, yo solo pensaba:
¿cuándo fue que dejamos de entregarnos al momento?
¿En qué punto cambiamos la emoción por el análisis?
¿En qué instante dejamos de ver la magia… para enfocarnos solo en lo imperfecto?
Y no eran solo ellos. A mi alrededor había personas grabando absolutamente todo, viendo el show a través de una pantalla del tamaño de la palma de su mano. Como si el momento necesitará ser capturado para existir.
Y mientras veía eso, me cayó un pequeño rayo de realidad: nadie estaba realmente ahí.
No se daban cuenta de que estaban sentados junto a amigos, familia… o junto a ellos mismos por primera vez en quién sabe cuánto.
No se daban cuenta de que esa función —ese viento, esas luces, esa risa, ese instante— no volvería jamás de la misma manera.
Y entonces entendí algo que me dolió un poquito: cada vez nos cuesta más decir “wow”.
No porque la magia ya no esté…
sino porque dejamos de voltearla a ver.
Y, curiosamente, mientras veía ese show, algo dentro de mí hizo clic. Porque ese mismo espectáculo —los mismos fuegos artificiales, las mismas luces, la misma música viajando con el viento— lo había visto exactamente un año antes… pero desde un lugar completamente distinto. Lo vi acompañado, de la mano de alguien, en esos días en los que, sin darte cuenta, la vida empieza a sentirse como una comedia romántica navideña.
Ya saben cómo es eso: conoces a alguien en un antro (clásico), después vienen los cafés, las cenas, los mensajes que te sacan una sonrisa tonta, la decoración navideña everywhere… y de pronto todo se siente más cálido. Más dulce. Más mágico, incluso.
Y sí, como pasa en todas las comedias navideñas, eventualmente esa historia llegó a su final.
Pero ¿saben qué? No la recuerdo con tristeza.
La recuerdo con un cariño enorme, porque me devolvió algo que había olvidado:
ese filtro de amor (como dicen en Mentiras) que hace que la vida se vea más color de rosa.
Y aunque esa historia no continuó, sí me dejó algo precioso:
la certeza de que la magia aparece cuando estamos abiertos a sentirla.
Aunque dure poquito.
Aunque sea imperfecta.
Aunque no termine como imaginábamos.
Y entonces pensé: diciembre no está aquí para recordarnos lo que termina, sino para recordarnos lo que todavía podemos sentir.
Porque este mes, por alguna razón, la vida baja el volumen de todo lo superficial y sube el volumen de lo esencial. Nos vuelve niños otra vez, aunque sea por unos segundos. Nos recuerda que antes nos emocionaba una canción, una luz, un abrazo… o bajar corriendo al árbol esperando un regalo mientras veíamos cómo Santa se había comido las galletas. Nos recuerda que antes soñábamos sin medir consecuencias. Que antes creíamos sin miedo a vernos ridículos. Que antes jugábamos.
Y creo que eso es lo que extraño de la gente: no la inocencia, sino la capacidad de sorprenderse.
Tal vez este diciembre no se trata de regalos, ni de cenas, ni de metas. Tal vez se trata de algo mucho más sencillo: volver a mirar con ojos mágicos.
Apagar tantito el celular.
Ver al escenario sin juzgar cada movimiento.
Estar presentes en los momentos sin querer guardarlos todos en un carrete.
Sentir, aunque asuste.
Jugar, aunque parezca infantil.
Soñar, aunque duela un poco.
Porque la magia no es un efecto especial.
Somos nosotros mismos.
Y este diciembre, mi deseo a Santa es que todos (incluyéndome) elijamos volver a soñar. Volver a emocionarnos. Volver a sentir ese calorcito en el pecho cuando algo nos conmueve. Volver a decir “wow” sin miedo a sonar tontos. Volver a creer que lo bueno todavía puede pasar.
No importa si tu año fue mágico o caótico, si viviste tu propia comedia navideña o tu propia novela turca… diciembre no viene a juzgarte.
Viene a recordarte que aún estás a tiempo de volver a soñar.
Y por eso, con todo mi corazón sentimental, con mi amor por el teatro y con mi eterno deseo de que sigamos creando recuerdos juntos, solo puedo cerrar esta carta diciendo:
Chicos… no dejemos de mirar la magia.
No dejemos de jugar.
No dejemos de soñar.
Feliz Navidad a todos!
Y, como siempre… ¡hagamos magia! ✨
Con todo mi cariño,
Kevin Jara
Fundador & Productor Creativo – Wizze Entertainment




Comments